martes, 16 de junio de 2009

El último boli bic: historias de lo desconocido (I)

Hola a todos,

El humano es, probablemente, uno de los seres más complejos del Universo, y, por si fuera poco, le gusta hacerse el complicado. Forma parte de su esencia grandilocuente y egocentrista, lo cual se demuestra al observar que el humano se cree el dueño del Universo. Pobre inconsciente.

Sin embargo, a pesar de su vanidad y su fachada de valentía, hay algo que al ser humano le causa una tensión indescriptible: lo desconocido. Ese folio en blanco, esa calle desierta, una puerta hacia lo que escapa a nuestro control... tienen la capacidad de causar en nosotros una extraña sensación de indecisión e indefensión que no siempre somos capaces de controlar.

Por norma general, tendemos a ser desconfiados, como lo es una cebra que vislumbra un león a lo lejos. Supongo que se trata de un mecanismo de autodefensa, un instinto. Al fin y al cabo, son demasiadas ya las veces que hemos oído truculentas historias con trágicos finales protagonizadas por incautos temerarios que se adentraron más allá de lo aconsejable en los terrenos de lo desconocido.

A pesar de ello es innegable que, como animales que somos, sentimos curiosidad hacia lo ajeno. Y es por eso que con lo desconocido se acaba creando una relación de amor - odio, que, en algunas ocasiones, desemboca en situaciones tan curiosas como aquella que escribí con mi bolígrafo un día al llegar a casa hace ya varios meses y que quiero contar hoy. Antes de que alguien me lo pregunte, diré que es una historia completamente real y que la viví en primera persona.

Estación de autobuses de Laredo (Cantabria)
27 de septiembre de 2008; 19h40


Entro al autobús. Según mi billete, ha salido de Santiago y su recorrido acabará en Irún. Por suerte, sólo tengo que ir hasta Bilbao. En la parte de atrás hay un grupo de jóvenes medio borrachos gritando y cantando. Me están poniendo dolor de cabeza.

Me ha tocado el asiento 2. Justo detrás del conductor. A mi lado, un señor de unos 50 años. Casi ni le he mirado al subir, así que mientras me pongo el cinturón de seguridad, le saludo. Un saludo rápido e impersonal. El señor que hay a mi lado es un desconocido.

Miro por la ventanilla y me despido entre lágrimas del chico por el cual me pregunta el desconocido: "¿es tu novio?", pregunta. No digo ni que si ni que no. Murmuro algo ininteligible y, justo cuando voy a buscar el MP3 en el bolsillo, me acuerdo de que se ha quedado sin batería en el viaje de ida. Genial. Mientras escuchaba a Kate Ryan. Penoso.

El desconocido sigue haciendo comentarios sobre el chico y sobre mí, y también preguntas sobre mi vida. Contesto con evasivas. Puede que sea un agente infiltrado de la CIA, el FBI, el CNI o incluso de la TIA de Mortadelo y Filemón. Quizás he visto demasiadas películas americanas, pero es que nunca se sabe.

Al final, caigo en la cuenta de que nunca voy a volver a ver a este tipo; le cuento mi vida. Se la cuento, porque hacia lo desconocido sentimos desconfianza sólo hasta que damos el primer paso. Después es más fácil abrirte a alguien que no conoces que a alguien que sabe cómo eres mejor que tú mismo. Es más froidiano. Mi profesor de Psicología, Carlos, al que aún apenas conocía ese 27 de septiembre, dice que lo desconocido nos da la oportunidad de ser nosotros mismo. Después nos dejamos influenciar. Nos adaptamos. Perdemos nuestro toque original.

A mitad del viaje, el tipo, cuyo nombre nunca supe y nunca sabré -de hecho, hoy sería incapaz de reconocerlo por la calle-, me empieza a contar su vida. Es gallego, y es entrenador de fútbol. Tiene hijos y está casado. No le faltan los amigos; su vida social es correcta, equilibrada y casi modélica. Sin embargo, según me cuenta, lleva una doble vida. Ha cogido un autobús a Bilbao con la excusa de ver jugar al Depor, pero en realidad viene a conocer a un chico con el que contactó por internet.

Su mujer no sabe nada. Sus hijos no saben nada. No saben nada de su doble vida, ni tampoco saben el fútbol es una mera excusa, y menos aún que viaja por toda España para tener encuentro fugaces con personas sacadas de chats y páginas de contactos. De hecho, ni siquiera sospechan que de fútbol apenas conoce la alineación del Deportivo de la Coruña.

Mientras escuchaba me quedé perplejo. El tipo me seguía hablando, pero yo estaba en una especie de nube de abstracción. No era capaz de procesar tanta información en tan poco tiempo. Me sobrepasó, y tuve que hacerle un gesto para que se callara. De su boca dejaron de salir palabras al instante, y me miró desconfiado, como si temiese que el vínculo de confianza mutua, forjado en apena 20 minutos de trayecto, acabase de romperse como el pie de una fragil copa de cristal dejada con demasiada fuerza sobre la mesa en una noche de fiesta.

Al cabo de unos minutos, murmuré un ténue "vaya", invitándolo a seguir. Dando su historia por acabada, me preguntó por locales de ambiente por Bilbao, y también quiso saber en qué parada de metro tenía que bajarse para llegar hasta su hotel.

Cuando el autocar paró en la dársena, nos despedimos fríamente, y salimos del vehículo, cada uno por su lado. Ni nos miramos. Tampoco hicimos ningún gesto que nos delatase cuando nos cruzamos de nuevo por la estación, él hacia el metro y yo hacia un taxi que me llevaría de vuelta a casa.

Parte de mi vida va en aquel gallego, y su historia viaja en mí. Y sin embargo, mientras pensaba en lo que acababa de vivir, caí en la cuenta de que volvíamos a ser desconocidos. Enemigos en la jungla de asfalto sobre la cual, un inoportuno sirimiri, me recordó súbitamente que estaba de nuevo en Bilbao.

-¿A donde vamos?

Y la voz del taxista me despertó.

Un saludo a todos,
iker

3 comentarios:

NeMO dijo...

Wow

Pues que buen inicio de sección has tenido, me ha encantado tu historia, desde lo real a lo fantástico y la experiencia de entrar en contacto con alguien de quien no conoces nada más que unos comentarios.

Un besote Iker!!!

eGeo dijo...

Jejee, qué extraño, este es un Iker bastante más poético de lo acostumbrado :) La verdad es que echaba de menos leer algo tuyo.
Es curioso cómo después de contar una vida a alguien la despedida sea tan fría... personalmente yo tengo mucha más confianza con la gente conocida que con la que no, pero bueh, cada uno es como es :)
No sé si tendré la oportunidad de volverte a escribir hasta entonces, así que ahora te deseo un buen viaje a Estados Unidos, que aprendas mucho y te diviertas el doble :)

Besooos!

Alicia dijo...

Me ha encantado... escribes realmente bien... y qué curiosa la historia también.

Muchos besos ^^

PD: para Charmed: pásate por mi blog que tienes un premio ;)