Resucito para deciros que he resucitado. No me confundáis con Jesucristo, porque os decepcionaría si así lo creyeseis.
Espero que me hayais echado de menos, y que no os hayáis frustrado al entrar en mi blog y ver durante cinco días seguidos la misma entrada. De verdad que lo siento. Supongo que siempre ando pidiendo disculpas, pero sabéis que tengo poco tiempo y que me encantaría poder pararlo y dedicar diez o veinte minutos que tardo en escribir cada entrada.
Pasando de preámbulos estúpidos y condolencias, me dispongo a relataros el día de ayer. Un día altamente esperado para mí.
El caso es que, desde hace unas semanas llevamos preparando una especie de mini-baile, ya que iba a venir la concejala a visitar las instalaciones y a ver una clase nuestra. Definitivamente, ayer fue el día.
De primeras ya estaba todo histérico, ya que a los chicos nos obligaban a llevar el uniforme. Un uniforme que yo nunca llevo al completo, ya que consta de una camiseta blanca que ha de comprarse en la propia escuela ya que trae escrito "Víctor Ullate", unas mallas negras, calcetines blancos y zapatillas blancas. Yo no acostumbro a usar calcetines cuando bailo, ya que me gusta sentir la zapatilla cuando hago los ejercicios, por tanto no tenía calcetines.
De esto nos avisaron el día antes, lo cuál consiguió que yo me volviera histérico, me enfadase con mi madre por teléfono -la verdad, necesitaba descargar con alguien- y no pensase bien qué hacer. No sabía cuando y dónde comprar unos calcetines hasta que buscando en internet esa misma noche, un angelito me salvó la vida. Había un Calcedonia justo enfrente de mi instituto. Así que en el recreo me acerqué y recé para que tuviesen lo que buscaba, y así fue -¡Uf!-.
Ya ayer, todo repeinado y vestido con el uniforme, me dispuse a entrar en clase para estirar -más o menos una hora antes de que empezase la clase-. La clase dio comienzo y yo me encontraba mejor que nunca, eso sí, en el primer ejercicio comenzaba a parecerme ya a una fuente. Tan bien quería hacerlo todo y tanto me esforzaba que comencé a sudar descontroladamente, hasta puntos en que tenía que quitarme el sudor de la frente para evitar que se me introdujese en los ojos.
Víctor Ullate, junto a la concejala, profesores y otros hombres y mujeres que no conocía, estaban delante. Los demás no me importaban, sólo me importaba lo que él dijese de mí. Me volví el más prepotente de la clase, intentando conseguir que su mirada se clavase en mí, y así fue.
A veces, miraba de reojo para constatar que era en mí en quién se fijaba. Yo estaba eufórico; las piernas me temblaban por dentro, mientras que por fuera, se mostraban sólidas y firmes en la realización de cada uno de los ejercicios; mi garganta, completamente seca; todo mi cuerpo en completa tensión interior y un relax exterior, que esperaba que no se malinterpretase como soñolencia.
Después de la clase y de la realización del baile, Víctor se dirigió a nosotros. La tensión se acumulaba en mi, a cada palabra que salía de su boca.
Nos felicitó y todos aplaudimos como agradecimiento. Cuando nos dio permiso para salir, yo comencé a sentirme algo más relajado. Me dio tiempo a mirarme en el espejo y comprobar que todos mis músculos se marcaban y se transparentaban en la camiseta, antes blanca y ahora practicamente transparente del uniforme.
Aún me quedaban dos horas de clase.
Hamas Ended! 300.000 Troops Surround Gaza!
Hace 2 años
















