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domingo, 23 de noviembre de 2008

Unnamed Story

El sentimiento más profundo que jamás había sentido se reflejó en su cara cual lago cristalino. No supo que hacer, a dónde ir. ¿Por qué se empeñaba en huir de sus mayores miedos? ¿Por qué no continuaba su camino?

- No puedo continuar - Me dijo sin pensarlo dos veces.
- ¿Por qué? - Pregunte, ansioso por saber la respuesta.

Instantes después su corazón se había helado por completo. No había rastro de vida en aquel cuerpo. Tan solo quedaba lo corporal. Lo etéreo se había esfumado.
Una luz blanca se elevó desde su pecho. Ahora pude contemplarla perfectamente. No era sólo una luz, se trataba de algo más. Me acerqué más aún hasta el punto de que practicamente formaba parte de mi rostro.
Mi primera intención fue tocarla. Recordé las palabras de mi maestro y cesé en mi intento. Se trataba de una cadena. Una cadena plateada que desprendía un halo blanquezino.

- ¿Quién era? - Me pregunté.

Mis dudas sobre por qué estaba en este lugar y en este momento acrecentaron.
Oí un ruido a mis espaldas, giré la vista. No había nadie, tan solo el viento y un montón de hojas caídas. No era del todo cierto, ya que en aquel lugar, dónde no pude observar alguien contaba todos mis pasos.
Al volverme hacia el cuerpo, el halo había desaparecido. Por fin pude ver de qué era lo que había en el interior del halo. No se trataba de unas cadenas, se trataba de un Khopesh. Un arma utilizada por los egipcios en épocas del ejército del faraón.
Mi nueva pregunta era ¿por qué a mi?




Continuará...

lunes, 26 de mayo de 2008

Memorias de un preso

Aquí me dispongo a colocar uno de los relatos que presenté al concurso literario del instituto.

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Memorias de un preso

Nací para ser libre y libertad es lo único que no tengo. Aquello que más ansio, es aquello que no puedo obtener.

Me encarcelaron cuando cumplí los dieciocho años de edad, por un asesinato que no cometí. Nunca se ha intentado buscar al culpable, a mi era a quién querían desterrar del mundo. Mis ideas no gustaban y necesitaban quitarme de en medio. ¿Por qué no me mataron? ¿Por qué coño no me mataron?

Todo comenzó el 18 de Marzo de 1986. Yo me dirijía a mi trabajo como contable en una oficina de uno de los más altos y lujosos edificios de la ciudad de Chicago, en el estado de Illinois. Pero este no iba a ser un día como los demás. Antes de llegar a mi despacho pude ver a través del cristal traslúcido de mi puerta, sombras extrañas que daban vueltas por todo el despacho. Estará buscando algo la secretaria pensé. Idiota de mi. Me dispuse a entrar y cuatro hombres con uniforme me embistieron. No puedo recordar nada más. Solo sé que horas después me encontraba en la comisaría de la ciudad de Chicago esposado a una silla de metal. Estaba fría. El juicio fue rápido; fui declarado culpable de asesinato. La pena fue una cadena perpetua que aún sigo cumpliendo.

Mis primeros días en prisión fueron horrendos. Todas las mañanas nos despertaba uno de los guardias martilleando los barrotes de cada una de las celdas con su porra de metal. El estruendo duraba hasta horas después del desyuno. Nada aconsejable. Más tarde nos desvestían a todos y nos duchaban en una sala inmensa. Aún hoy sueño con que algún día de los orificios de una de las duchas salga un gas tóxico que me mate al instante y así poder terminar esta tortura.

Estuve solo hasta que un alcohólico narcotraficante fue asignado en mi celda. Edgar era un tipo de lo más extraño, la persona más difícil que nunca habré conocido. Y el mejor amigo que nunca he podido tener. Nuestros comienzos no fueron los más deseados, pero nos fue fácil comenzar a conocernos y a respetarnos. Edgar siempre decía que los amigos son la razón de que no nos hayamos suicidado ya. Nunca podré olvidar esa frase y nunca podré olvidar esa voz fría, pero a la vez inteligente de mi amigo Edgar. Te echo de menos.

Una mañana, Edgar y yo nos enteramos de que se estaba planeando una fuga. Los violadores de la planta de arriba las organizaban cada semana, pero corría el rumor de que esta tendría éxito. Edgar y yo hicimos un pacto: nos prometimos que o nos salvávamos los dos o no lo haríamos ninguno. Teníamos ya planes para cuando saliesemos. Edgar soñaba con visitar a su familia en Argentina y yo ansiaba conocer mundo. Me dijo que me presentaría a su hermano, tres años mayor que yo. Las descripciones que Edgar me hacía de él lo ponían como un apuesto muchacho, delgado, que me enamoraría con solo mirarme. A las 23:00 del día de la ya mencionada fuga, veinte presos de la planta de los violadores fueron ejecutados por intento de fuga. Edgar se conmocionó y entró en cólera. Rompió la única foto que yo tenía de mi familia y destrozó gran parte de los objetos de nuestra celda. Cuando consiguó tranquilizarse solo pudo llorar y avergonzarse de lo que había hecho. Le perdoné, pero no consigo borrar la imagen de mi mejor amigo rompiendo aquello por lo que aun seguía vivo.

La masacre de aquella noche permaneció en la cabeza de todos los presos. Tuvimos un día de luto y un minuto de silencio durante las comidas. Suena paradójico ¿no?, primero los matan y luego guardan minutos de silencio en su honor. La verdad es que a Edgar le afectó mucho más de lo que me afectó a mi. Volvió a tener uno de sus ataques de cólera, pero esta vez las consecuencias no fueron la simple rotura de una foto. Edgar asesinó a uno de los guardias. Semanas después fué condenado a muerte. Desde que le condenaron, Edgar no volvió a ser el mismo. El 6 de Mayo de 1989 Edgar fué ejecutado. Minutos antes de morir, mientras recorría el pasillo de camino a la silla eléctrica Edgar me dijo una frase que nunca olvidaría jamás: ``Oscura se volverá tu mirada, caerán rayos sobre tus ojos y el aire se volverá humo. Solo ahí volveremos a estar juntos. Te quiero mucho Alan''

No entendía lo que quería decirme. Me sentí muy solo. Mi mejor amigo se había esfumado como lo hacen las pompas de jabón. No tenía nada que le perteneciese y solo ansiaba estar con el.

El país de la libertad lo llaman...de nuevo, paradójico.

Mi actividad durante los treinta siguientes años fue nula. Me habían quitado un pedazo de mi corazón, y no había nada que lo pudiese sustituir. Se realizó una pequeña coral durante unas semanas para todos los presos de mi planta. Me animó un poco, pero todo me recordaba a Edgar. A Edgar le encantaba cantar. Cuando estaba triste, cantaba y a mi me alegraba oírle cantar. Mis ganas de vivir se habían perdido completamente, esparciéndose por toda la prisión. Te echo de menos, amigo.

Pronto las cosas en la prisión cambiarían rápidamente para mi. Un nuevo abogado se interesó por mi caso. Pude salir, al menos, a la calle. Tomar el aire...Lo deseaba con todas mis fuerzas. Las cosas cambiaron, sí, pero no como yo deseaba. Lo único que Roger Parker, mi nuevo abogado, había conseguido era que se reforzara el hecho de que yo había sido culpable de aquel asesinato. Diez años después fui condenado a pena de muerte. No me importó mucho. Solo echaba de menos aquello que más ansiaba junto con Edgar: libertad. Y dado que no podía obtenerla no me importaba dejar de vivir. Lo único que aún me ayudaba era el apoyo y las ganas de vivir de mi querido amigo. Pero Edgar ya no estaba.

Me vistieron con un uniforme nuevo para la ocasión; todo un detalle por su parte. Mientras recorría aquel pasillo frío y lúgubre, aquel que ya había recorrido una vez de la mano de mi querido amigo Edgar, no podía pensar en nada. Me consideraba fuerte, pero lo cierto es que me daba miedo morir. Desaparecer de este mundo, me aterrorizaba sobre todas las cosas. Intenté escapar. No avancé ni quince pasos hacia atrás. Me sentaron en aquella silla fría y sucia; me recordó a cuando fui detenido. Y se dispusieron a colocarme toda la cantidad de cintas que me impedirían la huida. De repente todo se volvió oscuro. Mis ojos se electrificaron como si por mi interior pasase una feroz tormenta. Ya no estaba ahí sentado. Estaba a mi vera viendo como mi cuerpo desprendía un humo que me impedía ver más allá de mis propias manos. Por fin lo había entendido.

viernes, 9 de mayo de 2008

La metamorfosis de Narciso



Eco merece una disgresión. Su alegría y palachinería cautivaron a Júpiter; sorprendidos en adulterio por Juno, castigóla ésta a que jamás podría hablar por completo; su boca no pronunciaría sino las últimas sílabas de aquello que quisiera expresar. Pues bien, viendo Eco a Narciso quedó enamorada de él y le fue siguiendo, pero sin que él se diera cuenta. Al fin decide acercársele y exponerle con ardiente palabrería su pasión. Pero.. ¿Cómo podrá si las palabras le faltan? Por fortuna, la ocasión le fue propicia. Encontrándose solo el mancebo, desea darse cuenta de por dónde pueden caminar sus acompañantes y grita:
- ¿Quién está aquí?
Eco repite las últimas palabras:
-...está aquí.
Maravillado queda Narciso de esta voz dulcísima de quien no ve. Vuelve a gritar:
-¿Por qué me huyes?
Eco repite:
- ... me huyes.
Y Narciso:
- Juntémonos.
Y Eco:
- ...juntémonos.
Por fin se encuentran. Eco abraza al ya desilusionado mancebo. Y éste dice terriblemente frio:
- No pensarás que yo te amo...
Y Eco repite, acongojada:
- ...yo te amo
- ¡ Permitan los dioses soberanos -grita él- que antes la muerte que deshaga que tú goces de mí!

Huyó, implacable, Narciso. Y la ninfa así menospreciada, se refugió en lo más solitario de los bosques. La consumía su terrible pasión. Deliraba. Se enfurecía. Y pensó:
- ¡Ojalá cuando él ame como yo amo, se desespere como me desespero yo!

Némesis, diosa de la venganza -y a veces de la justicia- escuchó su ruego. En un valle encantador había una fuente de agua extremadamente clara, que jamás había sido enturbiada ni por el cieno ni por los hocicos de los ganados. A esa fuente llegó Narciso, y habiéndose tumbado en el césped para beber, Cupido le clavó, por la espalda, su flecha... Lo primero que vió Narciso fue su propia imagen, reflejada en el propio cristal. Insensatamente creyó que aquel rostro hermosísimo que contemplaba era de un ser real , ajeno a sí mismo. Sí, él estaba enamorado de aquellos ojos que relucían como luceros, de aquellos cabellos dignos de Apolo. El objeto de su amor era... él mismo. ¡ Y deseaba poseerse! Pareció enloquecer... ¡No encontraba boca para besar! Como una voz en su interior le reprochó: <<¡insensato!>> ¿cómo te has enamorado de un vano fantasma? Tu pasión es una quimera, retírate de esa fuente y verás como la imagen desaparece. Y, sin embargo, contigo está, contigo ha venido, se va contigo... ¡y no la poseeras jamás!.

Alzó los brazos al cielo Narciso. Llorando. Meneándose luego los cabellos. Y gritó, blasfemo así:
- Decidme selvas, vosotras que habeis sido testigo de tantos idilios apasionados... ¿por qué el amor es tan cruel para mí? Hace siglos que existís; decidme ¿visteis nunca un amor obligado a sufrir designios más rudos? Yo veo al objeto de ni pasión y no le puedo encontrar. No me separan de él ni los mares enormes, ni los senderos inaccesibles, ni las montañas, ni los bosques. El agua de una fontana me lo presenta consumido del mismo deseo que a mí me consume. ¡Oh pasión mía! ¡quienquiera que seais, aproximaos a mí como a vos me aproximo! ¡Ni mi juventud ni mi belleza son causas para vuetro temor! Yo desdeñe el amor de todas las ninfas... No tengais para mí el mismo desdén. Pero ¿ si me amais, por qué os sirvo de burla? Os tiendo mis brazos y me tendeis los vuestros. Os acerco mi boca y vuestros labios se me ofrecen. ¿ por qué permanecer más tiempo en el error? Debe ser mi propia imagen la que me engaña. Me amo a mí mismo. Atizo el mismo fuego que me devora. ¿Qué será mejor: pedir o que me pidan? ¡ Desdichado de yo que no puedo separarme de mí mismo! A mí me pueden amar otros, pero yo no me puedo amar...¡Ay! El dolor comienza a desanimarme. Mis fuerzas disminuyen. Voy a morir en la flor de la edad. Mas no ha de aterrarme la muerte liberadora de todos mis tormentos. Moriría triste si hubiera de sobrevivirme el objeto de mi parión. Pero bien entiendo que vamos a perder dos almas una sóla vida.

Dicho esto, tornó Narciso a comtemplarse en la misma fuente. Y lloró, ebrio de pasión, ante su propia imagen. Volvió a traslucir frases entrecortadas... ¿Quién? ¿Narciso? ¿Su imagen llorosa?
- ¿Por qué me huyes? Espérame, eres la única persona a quien yo adoro. El placer de verte es el único que queda a tu desventurado amante.
Poco a poco Narciso fue tomando los coroles finísimos de esas manzanas, coloradas por un lado, blanquecinas y doradas por el otro. El ardor le consumía poco a poco. La metamorfósis duró escasos minutos. Al cabo de ellos, de Narciso no quedaba sino una rosa hermosísisma, al borde de las aguas, que se seguía contemplando en el espejo sutilísimo.



Ovidio.Metamorfosis.Libro Tercero III.